dilluns, 26 de novembre del 2007

Algunos recuerdos sobre Paco Candel



Pepe Gutiérrez
Culturalmente hablando, no ha habido mucho que destacar en la gran oleada emigratoria hacia Catalunya que ”reconstituyó” demográficamente la nación catalana entre los años cincuenta y setenta. La gran excepción fue Paco Candel, sobre todo por la obra, “Els altres catalans”, que sería la que más intensa y profundamente nos habló del porqué, como y cuando dicha emigración.
Hace años que Paco se encontraba bastante alicaído. Lo pude comprobar en una entrevista con amigos de Miniwatt, cuando le visitamos para pedirle permiso para insertar en el libo Miniwatt, la memoria obrera, un viejo artículo suyo, a lo que aceptó encantado. La misma impresión me dio en un encuentro de escritores de L´Hospitalet el año pasado cuando nos habló de su último libro Primera historia, primera memoria…En una conversación ulterior, recuerdo que lamentó que se hubiera perdido el sentimiento de utopía, del deseo de luchar por imposibles, una meta final que nos permitía dar pasos en el camino.
En mis propias memorias he dejado constancia de lo que significó para nosotros, los jóvenes emigrantes autodidactas, la aparición de “Els altres catalans” allá por la mitad de los años sesenta. El primero queme habló de él fue Francecs Pedra que me invitó a asistir a una presentación que se daba en la Llibreria Porter, situada en la Porta del´Angel, y que no llegó a tener lugar. Antes de llegar nos encontramos con un conocido que nos informó que había venido la policía y que había retirado algunos carnés. También recuerdo otra tentativa de presentación en la escuela de la Iglesia de San Ramón Nonato, en Coll-Blanch, donde servidor acababa de sacar el certificado de estudios primarios. Tampoco pudo ser.
El libro había sido editado en catalán por Edicions 62, una de aquellas editoriales de avanzada que además publicaba en catalán, y de la que recuerdo haber adquirido por mor de empatía otros libros impactantes, en concreto “Maragall i la Setmana Tràgica”, de Joseph Benet, una de las primeras lecturas que me acercaron a la historia del anarcosindicalismo, y también Autocrítica del arte, de mi paisano José Mª Moreno Galván, “Joseíto” en mi ámbito familiar y culpable de que me enganchara a la revista Triunfo, como antes me había enganchado a otra llamado Siglo XX que no duró mucho. En la misma senda irrumpieron otras editoriales como Nova Terra, Edició de Materials, o Fontanella que pusieron a nuestro alcance libros que hasta entonces únicamente se podía encontrar en las trastiendas de algunas librerías como la Porter o Ancora&Delfín, etc.
“Els altres catalans” éramos nosotros, los que lo leíamos en la lengua de de Maragall sin mayores problemas, entre otras cosas porque aquella era nuestra historia, la marcha de la tierra que apenas si nos permitía sobrevivir, el viaje hacinado en los vagones de madera que tardaban día y medio entre Sevilla y Barcelona, las maletas y las cajas amarradas con cuerdas, los pisos baratos con una familia en cada habitación, y así era en mi casa donde hasta habían cama hasta en las pasillos, el trajinar cada día para regresar a casa de noche, las horas extras, el destajo o y el pluriempleo, las dificultades propias de la gente pueblerina para adaptarse a la ciudad. Esa impresión fue generalizada en el pequeño grupo que nos reuníamos para intercambiar lecturas, echar pestes de fútbol y del régimen, intercambiar libros, y asistir a actos legales, cine-club, etc.
Durante varias semanas, los más lanzados nos pusimos el libro debajo del brazo y nos paseamos por los lugares públicos de Pubilla Casas y CanVidalet, a la búsqueda de gente conocida, o simplemente de alguien que nos preguntara sobre el libro, hablando de él en voz alta, comentando anécdotas e historias, como aquella que oponía catalanidad a emigración, o si se decía emigración o inmigración, etcétera. Sin embargo, nadie nos hizo el menor caso, todavía pasarían unos años para que se crearan los primeros centros sociales y asociaciones de vecinos.
En esta época, nos leísmos todos los libros del Candel sin excepción: Hay una juventud que aguarda, Han matado un hombre, han roto un paisaje, tanto fue así que el barrio de barracas de Montjuïc, se erigió en un pequeño mito y se hablaba de una cierta resistencia, por ejemplo contra un vertedero que les hacía la vida más amarga, pero, al menos en el ámbito de las primeras comisiones de barro se habló mucho, pero no tengo constancia de ninguna acción. Por este tiempo, Paco se hizo una firma estable en diarios “progres” como Tele/Express, y sí no recuerdo mal, en Mundo Diario, y a la chita calando decía cosas que nadie entonces solía decir.
Así pues, Paco Candel era uno de nuestros referentes más vivos, el escritor que había salido de la nada, el que hablaba de gente nuestra, de los últimos, y lo hacia en novelas y ensayos que se vendían a precios asequibles en editoriales como Plaza&Janés que era una temprana abanderada del libro de bolsillo, obras que raramente superaban las 200 páginas, que te la metías en la bolsa junto con la fiambrera y las podías leer en los trayectos al “currelo” y en las horas del bocadillo o de comer, robando tiempo donde podías. Su papel en la concienciación de las luchas vecinales está fuera de toda duda, seguro que era el escritor más leído. Aquel que primero pasabas a los amigos y amigas que comenzaban a preguntar, y que le pasabas para que empezaran e a tener el orgullo de pertenecer a una comunidad, la emigrante con voluntad de tener una plena ciudadanía catalana, y a una clase social, la trabajadora, la única que podía dar al traste a la dictadura porque si esperábamos que la burguesía “liberal” hiciera algo, estábamos apañados.
Sin embargo, justo es decir que cuando lo conocí personalmente allá en el Centro Social de Magoria, en “La Campana”, descubrí que Paco no formaba parte de la juventud radicalizada. Pertenecía a una generación intermedia entre la República y nosotros, mucho más individual, y mucho más posibilista. Había sido estudiante durante la II República y la escuela contribuyó decisivamente a su formación sentimental e ideológica. Luego, la Guerra Civil también marcó el carácter del escritor testimonialista, el que ofrecería e mejor testimonio de aquellos tiempos en los que la clase trabajadora apenas si comenzaba a levantar cabeza gracias a la renovación de una nueva generación que, y esto se notaba, carecía de tradición y de experiencia.
Candel pues estaba en otra órbita, él siempre estuvo con los de abajo, con los trabajadores, pero a su manera. A la primera de cambio que en una de aquellas reuniones se comenzó a hablar de revolución, ruptura y cosas por el estilo, Paco dejó claro que le parecía muy bien nuestras ilusiones, que por supuesto, éramos muy libres, pero que él no tenía la menor intención de tomar parte en esta guerra, etc. No fue hasta muchos años después que coincidí con él, sucedió en la primeras municipales, allá por 1979. Paco encabezó la lista del PSUC por delante de Joan Saura, pero no intervino ni en un solo debate.
Como es sabido, aquellas elecciones dieron la victoria al PSC-SPOE (12), uno más que el PSUC (11), sin que l izquierda radical, dividida entres candidaturas, logrará colocar ni un solo concejal. Ganaron las izquierdas, pero el movimiento vecinal perdió todo el empuje que había tenido hasta la entonces, y las minorías proféticas comenzamos a declinar, aunque el PSUC comenzó a hacerlo en los años siguiente. Candel ha contado su paso por el Ayuntamiento en uno de sus libros más decepcionantes, Un Ayuntamiento llamado Ninguno, título extraído de “western” rodado en Almería, y una demostración de su visión particular, gradualista, francamente desorientada. Tan desorientada como fue su pasaje por el Senado donde no se distinguió de los senadores por designación real.
Candel ya fue ampliamente homenajeado por las instituciones que han gestionado otra parte de la historia. Ha quedado como un testigo de un tiempo que pasó, como una de las pocas (por no decir la única) voz de la emigración que contribuyó a crear una conciencia. La Transición le pasó por encima como a tantos otros, la derrota había sido demasiado dura, y todo parecía que nos llevaba a una democracia “avanzada”, pero no ha sido así.
El último Paco siguió con lo suyo, no abandonó su ímpetu, y volvió a escribir sobre los últimos catalanes, sobre la nueva pobreza, y ofreció nuevos testimonios de los tiempos que tantos nos desconcierta. Pero sus lectores ahora eran más bien pasivos, el yo ha acabado desplazando al nosotros, y ahora habrá que descubrir de nuevo que como dijo Brecht, uno es ninguno. Habrá que salir de esta nueva realidad urbana, de esos barrios en los que las infraestructuras básicas hace tiempo que más o menos funcionan, con entidades normalmente bastante asimiladas, con una incultura quizás todavía más atroz pero disimulada por la TV y las nuevas tecnologías, nuevos espacios atravesados por la nueva emigración. Lugares donde la juventud parece que no aguarda nada. En los que cuando muere un hombre no queda la menor huella en el paisaje. Donde los importantes: élites son políticos que manosean palabras como democracia, socialista, participación. Gestores que en realidad planean sobre un enorme vacío ocupado por muchedumbres compuestas de individualidades más bien solitarias, y donde los problemas son tuyos. En barrios en los cuales, la vida social y cultural brilla más bien por su ausencia.
Con Paco Candel muere una parte viva y luminosa de una historia que se quedó a medio camino cuando apenas sí había empezado a moverse.